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El problema radica en el sentido de organización que observa al llamado j horror como un fenómeno aislado, exótico y novedoso. Lo mismo ocurría hace algunos años con el auge relativo del manga y el animé, al respecto del cual llegué a leer un artículo en cierta revista de divulgación, por cierto, bastante cara. Para resumir las cosas, entre las muchas líneas comunes que el artículo usaba para satanizar el asunto (lo escandaloso del hentai, la violencia 'desmedida', la tendencia de enajenación social), nos explicaba que el animé representa personajes de idiosincracia claramente oriental con apariencia caucásica y atributos anatómicas que rayan en el fetiche debido a -agárrese de sus patillas- la crisis octavio-paziana de identidad de los de ojitos rasgados. ... [Leer más...]
Los sistemas de escritura en la actualidad han adquirido mucha importancia, tanto por la difusión que le han otorgado las redes sociales, como por el uso de medios como el Messenger, donde se mezclan elementos gráficos (como letras que corresponden con sistemas lingüísticos), como ideográficos (que más que corresponder con sistemas lingüísticos, establecen concordancia con objetos y entidades del mundo real, o bien expresan alguna gesticulación que sería muy difícil –ya por pereza o falta de descripción léxica– detallar a través de palabras, tales tienen como finalidad dar a entender algún estado de ánimo o expresión de carácter, más bien, extralingüístico). De igual forma, se ha puesto especial énfasis en el estudio estos ámbitos, debido a la repercusión que ha tenido en otras áreas, ya que ante la pujanza de estos recursos escritos, los jóvenes cada vez más recurren (yo mismo incluido) a estos sistemas de escritura, disponiendo de imágenes construidas a través de grafías con valor lingüístico (como las comas, puntos, paréntesis, corchetes, letras, etc.), como por la modificación del sistema escrito vigente, en aras de la rapidez y eficacia comunicativa, generalmente por abreviación de vocablos. No es mi intención, al menos por ahora, revisar esta problemática, más bien, me interesa ofrecer un ejemplo, encontrado en el libro Sistemas de escritura, de Geoffrey Sampson, el cual consiste en una carta escrita en toda la extensión de la palabra nostalgia (parafraseando un verso de Jaime López). La intención de mostrar el ejemplo propuesto por Sampson radica en lo que puede constituir que los ideogramas se convecionalicen, es decir, que constituya un sistema de escritura con valor lingüístico, donde las imágenes designarían lo que designan las letras, en nuestro caso, de nuestro abecedario, de tal manera que las imágenes puedan ir más allá de la simple relación uno a uno entre los objetos del mundo y las expresiones lingüísticas (1 objeto = 1 expresión lingüística representada por un dibujo). Así pues, los fenómenos que ocurren en las redes sociales, y de manera general en la Internet, no parecen ser tan descabellados como parecen, una vez que los contrastamos con sistemas semejantes, pero de carácter convencional. Por ahora la carta:
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Don Perlimplín | El Preso #9 | 27 Febrero, 5:45pm
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LA DOUCEUR
Adán Brand/Itzel Rodríguez
. . Les fleurs dans le papier
Mes doigts entre les fleurs
Et je sur les toilettes.
Supongo algunos pueden considerar a Facebook como un excelente modo de estar en contacto a distancia, escribir profundísimas reflexiones, compartir canciones, vídeos, fotos o tan sólo describir en unas cuantas líneas lo que estás haciendo en el momento -función mejor explorada en Twitter.
Es interesante la necesidad que hay de decir algo -lo que sea- y saber que habrá otros que lo lean y, mejor aún, que se sientan identificados, es decir, saberse leído. Esto, en todo caso, me habla de un exhibicionismo sin patología, inofensivo. No voy a negar que resulta divertido husmear en los perfiles de otros; pero, honestamente, a veces me asusta: hoy, por ejemplo, me agregó una persona (no la busquen, borré el anuncio en mi perfil) que según yo había conocido de la manera más protocolaria posible: un amiga en común nos introduce, después claramente vienen las palabras dignas de análisis: "mucho gusto", "igualmente". Eso fue todo. Al hacer click en sus fotos me impacté: al tipo sigo sin reconocerlo pero vi fotos de una boda a la que asistió y había ahí 5 personas que conozco y que no tienen relación entre ellas. En ese caso, evidentemente, las unía el compromiso social y religioso, pero estoy seguro que más allá de eso no tienen un vínculo de amistad.
En Aguascalientes -para muy mal o para peor- siempre habrá una persona que de la manera más inverosímil resulta que te conoce y, por supuesto, hablará de ti. Si a esto le agregamos la red social de facebook, pues ahora te conocen muchos más, y, a través del internet, lo mismo sucederá: hablarán de ti. Un profesor oaxaqueño, que nos impartió alrededor de 3 clases en 2007 en la carrera de Letras Hispánicas, nos dijo con toda seguridad: "nosotros somos unos chismosos". Marco -según recuerdo es su nombre- se refería a los "letreros" y tiene (porque todavía la tiene) toda la razón (sólo que nuestra forma de abordar los chismes puede ser un tanto cruel, pero, bueno, eso es otro tema). Cito al profesor porque, efectivamente, yo, como letrero, también soy un chismoso en la realidad, y cuando la holgazanería y el "qué hay de nuevo en..." se alinean y confluyen en el tiempo libre, en facebook. Hace poco leí un texto de Umberto Eco, muy divertido, donde en algunos párrafos recorre la historia del cotilleo (perdonen, pero la traducción está así). Dice Eco en "La pérdida de la privacidad":
"Una de las tragedias de nuestro tiempo ha sido sobre todo la transformación de esa válvula de escape, bastante útil, que era el cotilleo. El cotilleo clásico, el que se hacía en el pueblo, en la portería o en la taberna, era un elemento de cohesión social. El cotilleo nunca se refería a personas sanas, afortunadas y felices, sino que versaba sobre defectos, errores o desgracias ajenas. No obstante, con ello los cotillas participaban en cierto modo en las desgracias de sus víctimas (porque el cotilleo no siempre implica desprecio, también puede inducir a compasión). Aunque solo funcionaba si las víctimas no estaban presentes e ignoraban su condición de tales (de modo que podían salvar las apariencias haciendo ver que no lo sabían). Cuando la víctima se enteraba del cotilleo y ya no podía fingir que lo ignoraba, armaba una escandalera ("Lengua de víbora, ya sé qué vas diciendo..."). Tras la escandalera, el rumor se hacía público. La víctima se exponía al ridículo, o a la condena social, y los verdugos ya no tenían materia para el cotilleo. Por lo tanto, para que el valor de válvula de escape social del cotlleo se mantuviese intacto, todos, verdugos y víctimas, tenían interés en actuar con la mayor discreción posible y en mantener una parte de secreto." (Eco, 2008)
Encuentro que la diferencia entre el "cotilleo" en la vida real y en facebook -por nombrar una red social- es el grado de peligro. Lo que dice Eco sobre el cotilleo de pueblo continúa indudablemente. Y ese produce consecuencias muy graves. Pero en facebook, uno tiene la oportunidad de explorar la intimidad sin necesidad de tener, de algún modo, la autorización del otro para hacerlo. Esto es igualmente grave pero más interesante, porque de alguna manera al aceptar entrar en una red social, se firma -por decirlo así- un contrato: "estoy de acuerdo en que las demás personas compartirán una parte de mi intimidad (fotos, vídeos, palabras)". Y como todos aceptan esa regla no escrita, las consecuencias disminuyen. Si a esto se le suma que el que se mete en los perfiles de los demás no hace click en "me gusta" (tema que ruego a Brand ya escriba) ni tampoco comenta, entonces, el "cotilleo" es inadvertido, sutil, y no hiere a nadie. Los problemas, como siempre, van cuando se comenta o se pone el ambiguo "me gusta" y otras personas se inmiscuyen ya sea a la defensa o al apoyo del que comenta en el perfil de un otro. En la vida real (sea lo que sea que esto signifique) esto es complicado: el chisme se reproduce e incluso se modifica de tal manera que si lo que uno dijo fue "a", otro lo asimila como "b", otro lo interpreta como "c" y finalmente alguien lo toma como "7" (sí, de un lenguaje a otro). Y esto último es muy peligroso: las consecuencias pueden ir desde citar a alguien para hablar en un café del tema y solucionarlo, hasta un pleito descabellado con gritos y vituperios, porque entrometerse en la vida pública de alguien es un tanto enfermo y de mal gusto. En las redes sociales: se puede cambiar lo anterior y permanecer en silencio, ya que, repito, que alguien te abra las puertas de su intimidad, en la realidad, es difícil; en internet, de lo más fácil: el otro puede que no te conozca y aún así introducirte en una parte de su vida. Todo lo anterior me produce una sensación híbrida: diversión y extrañeza. En fin, repetir "Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas", ayuda.
Jorge Terrones | The Insolence of office | 18 Febrero, 10:43am
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