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Sólo le hice una pregunta, eso fue todo; aún ahora me cuesta trabajo creer suficientes a cualquiera de los dos factores: mi insensibilidad o su histeria. Por ahora, lo veo tomar la cartera de la mesa, inclinarse con dramatismo para alcanzar su mochila con y levantarse. Me resulta cómico, sé que no es gracioso, pero de cualquier forma, sonrío como el patán más grande del mundo. El niño se cuelga la mochila en el hombro y mira hacia todos lados. Nadie le devuelve el gesto, es como un actor buscando rostros a través de butacas vacías; como un actor convencido de que el público tendrá que llover desde el cielo si tan sólo permanece lo suficiente en el escenario. Hoy no llueve. Ni público, ni aplausos; a su alrededor no hay nada más que el incesante sonido de los cubiertos deslizándose a través de la carne, hasta llegar a la superficie de un plato blanco y liso como la luna de ciertas noches. No saldrá del restaurante, al menos no por la puerta que yo crucé para llegar aquí. Lo sigo con la vista hasta que se dirige al pasillo que sigue hacia el fondo de lo que hace mucho tiempo fuera una casa con patio al centro. No despego los ojos de su silueta. Dos pasos y mira hacia todas partes. Las farolas ámbar lo vuelven una figura luminosa y parcialmente alada. Dos pasos más y se detiene a mirar de nuevo, como si le hubieran llamado. Es un niño haciendo un berrinche, me digo, y el eco de ese pensamiento me basta. Me siento en la mesa y aspiro con alivio. El mesero pasa frente a mi mesa con dos enormes bandejas hacia la mesa a mi izquierda. No reconozco el corte, pero no importa, no me jacto de mi erudición ante la carne: huele bien, la grasa le hierve encima aún y puede verse el jugo casi rojo dibujado bajo la pieza a término medio. Necesito comer. Sé que acabo de armar una escena por lo menos rara, pero ahora todo lo que me importa es que el mesero se detenga en mi mesa y me deje una carta. No tengo suficiente dinero, para un banquete pero sólo pediré lo que pueda pagar. Pienso de nuevo en el niño. A decir verdad, había algo inquietante en la forma en la que permaneció inmóvil los minutos que aguanté esperando una mesa. No era suficiente para conjeturar nada, apenas que se encontraba esperando a su madre o su padre, a ambos, que fueron a lavarse las manos mientras les esperaba. También era posible pensar que era hijo de algún empleado. Una cocinera, uno de los meseros, incluso el dueño del lugar. Eso podía explicar que el niño hubiera levantado sus cosas y se hubiera dirigido hacia el interior del local en vez de abandonarlo. Me exigí calma. Ya le llegaría el turno a mi mesa. Ya vendría el mesero con uno de esos rectángulos cubiertos de piel a mostrarme las opciones de la casa. Pediría carne, por supuesto. No tenía ganas de nada más y probablemente no me alcanzaría para nada más. Lo que me alcanzara y un vaso con agua. Seguro sería extraño, pero el mesero no haría preguntas. Nadie me miraría extraño por no pedir vino o alguna otra cosa. Ya me sentía extraño. Pero eso, recapitulé después, quizá no tenía nada que ver con el hallazgo de este restaurante, ni con el contenido de mi bolsillo izquierdo. Intenté distraer la vista en la gente de las otras mesas. Un olor a coco y cebollas fritas llegó al patio y alivió mi cabeza que había estado hirviendo de hormigas por todo el día. No soy amante del coco, en muchas ocasiones no le tolero, pero, la combinación se me incrustó en el pecho y me hizo imaginar el viento de una noche de lluvia apenas helada y como incrustada en un viento inmóvil y tibio. El mesero pasó de nuevo y me dedicó una mirada de atención. Mi turno estaba cerca. Intenté las mesas de nuevo: Allá una pareja entrada a los cuarenta y rostros cansados se divertía repitiendo una de esas anécdotas que ambos se saben de memoria y que sólo se vuelven necesarias cuando el gusto de reconocerse entre una multitud de rostros ha comenzado a apagarse. Sé que hay un nombre para esa clase de conversación pero no logro recordarlo y a fin de cuentas, conjurar una de estas pláticas de precisa rutina, de ajadas risas, de atentos ojos, ¿no es a fin de cuentas un recurso de última hora, antes de amortajar a la novedad y besarle los pies y despedirse de ella para siempre? Allá, hombres de traje y corbata chocaban las copas en el ritual de humillación periódica al dueño de la nómina que sólo con seguir la dirección de las sonrisas turbias y tensas, pude reconocer en un enano con los ojos y la yema de los dedos amarillentos de nicotina; la última cena de siempre que nunca termina y en la que las vistas en algún momento se perderán hacia cualquier parte, justo cuando el jefe entre en comunión con alguna alineación planetaria sólo propia de patrones y dueños. Cerca, un anciano insistía con cierto tipo de vino tinto que a juzgar por el entrecejo del larguirucho y calvo mesero se había terminado o nunca había existido. La batalla continuaría sin cuartel por algunos minutos, entre una pregunta repetida de mil formas y la cortesía de quien ha nacido para ser un mesero amable que nunca tiene esa clase de vino tinto. Tendría a lo más, doce años, el cabello arreglado en forma de hongo, cachetes curvos y barbilla débil. Sus ojos miraban hacia todas partes. Estaba esperando a alguien. Llevaba uniforme de secundaria y su mochila permanecía recargada como un cachorro fiel sobre una pata de su silla. Me pareció tan cómico. Y cuando vio que no pensaba retroceder ni un paso, que me sentaría en esa mesa en ese mismo instante, sólo pudo tomar la cartera negra de cuero y levantarse como si le estuviera apuntando con un rifle. Caminó, hacia el pasillo en el fondo, como si no fuese el hijo del dueño del lugar, o el hijo de una cocinera o quizás algún niño que vivía cerca y le gustaba sentarse en una mesa hasta que anocheciera. La carta sobre la mesa y el mesero me esperaban. Al fin, levanté el menú como una presa y lo abrí por en medio y buscar mi recompensa. Buenas noches, repitió el mesero. Recordé mis monedas en el momento en que mis ojos se posaban en las letras adentro y casi olvido darle las buenas noches de regreso. Miré de nuevo. Ahora todo tenía sentido, por eso nadie dejaba la mesa. Incluso me alcanzaría para pedir algo más que la carne. Un restaurante bonito, camino a la nada. Ordené y ofrecí la carta de regreso. El mesero asintió. Recordé que mi mano izquierda había estado acariciando cinco monedas de diez en mi bolsa y pregunté dónde estaba el baño. El mesero levantó uno de sus brazos personificando un árbol que agita una rama en dirección de algún sendero a la mitad del bosque. No era una sorpresa, ¿dónde más podía estar? Aunque en otros restaurantes instalados en casas viejas acondicionan las habitaciones como comedores bajo techo, tres de las cuatro puertas permanecían cerradas y la restante pertenecía a la cocina. Claro que quería volver a ver al niño. Asegurarme de que mi conjetura, alguna de mis conjeturas, era cierta. Recibir la disculpa del gerente o el dueño de panza rechoncha, escuchar una explicación sobre los arranques de su hijo mimado y aceptar el descuento, incluso la cuenta saldada por mi paciencia. Me levanté de la mesa y dirigí mis pasos al corredor por el que el mocoso había desaparecido. Casi entendí la confusión de sus pasos al sentir una corriente de aire empujándome, el sutil cambio de tono entre la calidez de las farolas y la penumbra asomada conforme los pasos; los muros sin adornos de madera, macetas de cantera, ni pintura vívida. Nada había sido mi culpa. Había perdido el trabajo hacía un par de días y hoy como ayer me había dedicado a atrapar la única saliente de mis actuales estado de cuenta: una vieja casa hacia el norte de la ciudad, aún un poco retirada de la mancha urbana: la casa Cuellar, que había pasado los últimos diez años intestada y que al ser el único familiar con vida, me pertenecía. Sabía que era descabellado y que la administración actual simplemente no estaba dispuesta a soltar ciertos, “monumentos urbanos”, a su legítimo dueño, pero no me quedaba otra salida que intentar reclamar la posesión y lograr una venta de emergencia. Así que había pasado toda la tarde frente a documentos qué llenar y burócratas monosilábicos cubiertos de polvo; a la caza del único garbanzo de kilo que me quedaba. Había salido entrada la tarde y como era de esperarse, nada había rendido frutos. Pensé en regresar a casa, pero mi destino más allá del embargo, el rostro de mi esposa mientras intentaba explicarle mi progreso para no perder todo, me hicieron aflojar los pasos y encaminarlos hacia una dirección errada; hacia cualquier dirección. Aquella fue la primera vez que calculé las monedas que me quedaban en el bolsillo. También fue la primera vez que caminé por las calles de ese particular lugar de la ciudad, nada pintoresco por cierto; apenas un ghetto en donde trabajadores de la antigua Ferrocarriles Mexicanos y muchos obreros traídos de otros países se habían congregado en una mezcla que no le había venido bien ni a los muros ni a la arquitectura principalmente utilitaria; una tumba y un laberinto, la clase de lugar en el que, si mi situación fuera otra, pasaría las horas cambiando de acera al detectar habitantes más adelante. No sé si el olor de la carne apareció después de resolver que dedicaría todo lo que me quedaba a comprarme algo de comer, o si fue el olor el que me inspiró; no había comido nada en todo el día y me sentía hecho de harina mojada, moría de hambre y me había resignado a conseguir un trabajo de lo que fuera al siguiente día, a firmar un acta de divorcio algunas semanas después y a vivir en donde fuera, intentado no recordar nada de lo que fui anteriormente; así que cuando el umbral del restaurante apareció entré sin chistar. Y ahí estaba el patio central de una casa vieja, apenas acondicionada con pintura de colores suaves, algunas farolas de media luz y mesas a la intemperie con sombrillas de color negro encima; sin una sola mesa libre. Esperé todo lo que pude, pero nadie parecía estar apunto de pedir la cuenta. Los platos seguían llegando a todas las mesas de forma interminable y yo estaba apunto de comenzar a berrear; porque todo me había salido mal y ahora me hundía en la más profunda de las noches con el estomago vacío, cuando lo vi. Estaba justo en la mesa del centro, inmóvil. Una cartera de cuero, vieja y llena de billetes, permanecía frente a él. No estaba haciendo nada. Absolutamente nada. Pensé que esperaba a sus padres, pero conforme pasaban los minutos me quedó claro que nadie vendría, me quedaba claro a mí que esperaba frente a un pedestal con un ridículo libro de reservaciones en el que sólo había escrita una cosa con lápiz: Abierto las veinticuatro, pase. Y fue el insoportable ir y venir de platos llenos de carne, las risas de la gente que la pasaba bien y no tenían preocupaciones y miedos tan absurdos como los míos, lo que me empujó a dirigir mis pasos directo a la mesa del centro. Como dije, sólo le hice una pregunta. Le pregunté si podía sentarme. Los ojos del mocoso se clavaron en mí y en seguida intentaron buscar ayuda. Me dijo que estaba ocupado y le señalé que no estaba comiendo nada. Pregunté de nuevo, si podía sentarme. Entonces, ante la indiferencia de todas las personas a su alrededor, el niño tomó la mochila y en vez de salir del lugar se encaminó hacia el baño. Si todo lo demás fallaba, al fondo de este largo pasillo habría una puerta. Me detendría frente a ella y esperaría a que el niño saliera. Si estaba solo, lo invitaría a sentarse conmigo. Estaba incluso dispuesto a compartir mi comida con él si su problema se parecía al mío; nada podía ser tan grave como lo que acababa de ocurrir. Al fin me había sentado en la mesa del centro sin que nadie dijera nada, sin que nadie me dedicara siquiera una mirada de desaprobación por lo que acababa de hacer. Seríamos amigos. Vendría a visitarme a la pocilga en la que terminaría después de que me convirtiera en Don Javier, el conserje alcohólico de la secundaria Genaro Reyna Soto. Al final del pasillo apareció un patio idéntico al que acababa de abandonar. No había iluminación alguna aquí, la pintura colgaba de las paredes como pellejos endurecidos y en vez de mesas, una lamentable colección de cachivaches se amontonaba en el centro del patio, formando un montículo que se elevaba por encima de mi cabeza. De lejos, el montículo parecía uniforme. Conforme me acerqué y mis ojos se acostumbraron a la penumbra, reconocí algunos costales, tierra, ladrillos y una serie casi interminable de cajas de cartón. Abrí una de ellas: vestidos de gala, zapatos y fondos para falda. Al tacto, tuve la sensación de que toda la ropa era de la misma tela e incluso, del mismo color. Estaba a punto de abrir otra caja cuando percibí un movimiento a mis espaldas y al darme la vuelta noté una puerta con una raya de luz a sus pies. Me sentí un poco tonto. Las cosas escombradas al centro del patio me habían distraído de dirigirme al baño, que estaba apenas a la derecha terminado el pasillo. Abandonado lo que pensaba, me dirigí con prisa a la puerta, pensando que ahora mi plato se enfriaba en la mesa. Me detuve un instante antes de abrirla. El niño debía estar adentro, pero, con suerte, el baño estaría acondicionado para varias personas y la puerta sólo estaba emparejada. Así que entré. La carne se mecía ligeramente, al impacto del machete sobre el amasijo tembloroso , tendido en el suelo, tapete de plástico negro cubierto de costras. Entré justo para ver salir la última pierna. Al reconocer la multitud de torsos encajados en ganchos, no pude nada más que imaginar las largas y tortuosas horas que había pasado sentado en aquella mesa. Alguno de aquellos torsos, un par de ellos quizá. No fui capaz de mirarlo por mucho tiempo, pero la idea de que aún seguía con vida cuando entré no me abandona hasta hoy. La figura era enorme. Botas de trabajo e impermeable blanco encima. Cubrebocas sobre el rostro. Una especie de cuerno o protuberancia casi perfectamente esférica encima de su ceja. El miedo hace cosas extrañas, pero podría jurar que podía levantarme de un pie con una sola mano y sobre todo, que cuando se levantó a verme, su rostro sin labio superior podría haber estado mostrando cualquier emoción, excepto sorpresa. Permanecimos inmóviles. ¿Correr?, ¿Enfrentarlo?, ¿Llorar como niña? ¿Ofrecerle cincuenta pesos de rescate? Hasta ese momento noté que gruñía, que una vibración demasiado baja había nacido de su pecho hacía un momento y comenzaba a elevarse y que esa vibración era una cuenta regresiva. Di un paso hacia atrás, dio un paso hacia adelante. Dejé de mirar su rostro y encontré un lavabo y un excusado a mi derecha. Mi mente chasqueó en una búsqueda histérica por conservarse en su sitio, buscando una saliente, buscando lo que fuera. Y lo encontró. Enderecé mi cuerpo y traté de componer el rostro, me arreglé un cuello invisible con las manos y chasqueando ligeramente la boca, di las buenas noches. No respondió. No esperaba que respondiera. Era apenas una probabilidad, estaba jugando mi apuesta ahora, mi única apuesta. Soy nuevo, agregué enseguida, y me dirigí al lavamanos, en el que calculé justo el movimiento para abrir la llave. Toda mi apuesta colgaba de una sola cosa: yo había preguntado por el baño y a fin de cuentas, el mesero no me había mentido. Me enjuagué la cara, pensé que existía una enorme probabilidad de terminar incrustado en el espejo que tenía frente al rostro, y apreté los dientes. Cuando terminé, mi rostro seguía en su sitio y el carnicero había regresado a su labor. Busqué una toalla para secarme y no había ninguna. Iba a salir de ahí, iba a cruzar el patio lleno de cajas y el patio lleno de mesas, a escapar, a sobrevivir a todo esto y entonces me detuve. El carnicero ya no me prestaba atención. Estaba concentrado en terminar de desprender toda la piel. Me dije que esta era, probablemente, el último gran momento de mi vida en el que podía hacer algo respecto de ser el patán más grande del mundo. Fijé mi vista en mi objetivo y avancé resuelto. El carnicero volvió a posar sus ojos enormes sobre mí, pero esta vez no me intimidó. Salí del baño con las manos limpias. Como lo había imaginado, mi plato estaba servido en la mesa y la carne aún parecía recién cocinada. Dejé la gorda cartera de cuero al lado de mi plato.
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