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CASITAS DE CARTÓN
Adán Josué Brand G.
He visto con frecuencia, en los talleres literarios a los que esporádicamente he asistido, que se pide a los talleristas no hablen mientras se comenta el texto que presentan. Esto obedece a una loable intención de encontrar exclusivamente en la obra las distintas estructuras que la soportan, y ver si fueron bien construidas y engarzadas. Sin embargo, y por lo que me ha tocado vivir, hay una aberrante falta de preparación crítica por parte de los coordinadores de dichos talleres, no se diga de los talleristas (que son los menos culpables). Por lo mismo, se cae siempre en el lugar común (para hablar con su jerga) de la opinión personal -alejada siempre de la obra- y la interpretación sin sustento; lo que desencadena una serie de denuestos (porque además los egos son grandes) o de alabanzas infundadas (para cubrir la ignorancia), que no logran nunca ser lo que se supone debían ser: guías estructurales para que el tallereado o aprenda a construir sus casas sin que se le caigan, o simplemente mejore en algunos aspectos.
Otro lugar común:
Es cierto: no hay musas, no hay inspiración divina; pero es inútil pregonar esto cuando no se sabe, o se es incapaz de expresar cuáles son esas cosas que componen una buena obra. Cuando esto pasa se termina en el insulto: ‘la creación literaria con sangre entra’ parece ser la vetusta consigna de aquellos que sin una preparación previa se proclamaron críticos literarios y coordinadores de talleres de este tipo.
El resultado de estos talleres es que, una vez terminados, los tallereados sólo pueden corregir sus obras como ‘dios les da a entender’, porque no se llevaron siquiera un consejo concreto que ayude a mejorar su escritura. Si se tratara de matemáticas, diríamos que en el taller se insulta al escritor novel porque escribió que dos más dos eran cinco, pero nunca se le dice, en primer lugar, que el resultado tenía que ser cuatro, y en segundo, por qué debía ser cuatro y no cualquier otro número. Lo que sucede entonces es que el escritor llega a su casa y borra su dos más dos son cinco, para escribir que dos más dos son tres; o simplemente ignora las críticas y mantiene su error, con la seguridad que le da el hecho de que sus para entonces jueces no supieron ayudarlo.
El problema principal de esta aberrante dinámica de construcción seudoliteraria consiste en que no hay una exposición de teoría previa; son, en su mayoría, aficionados que de vez en vez sospechan que dos más dos son cuatro los que en el plano local -pero no sólo aquí- han tomado las riendas de los centros de ‘estudios’ o talleres literarios. Aficionados que son incapaces de nombrar, con conocimiento pleno de obra, al menos a un par de críticos y teóricos serios de la literatura. Personas que hablan porque tienen boca. El resultado extremo de esto es que no falta el estúpido que saca un encendedor (real o metafórico) para quemar el texto que el tallereado en turno se anima a presentar.
Todo lo anterior genera un círculo vicioso que nos mantiene en la edad de piedra de la crítica (y por extensión, de la creación) literaria, y que hecha a perder a muchos jóvenes que tenían bastante talento natural (remítase a las ideas de Chomsky, Humboldt y Barthes sobre las facultades naturales del lenguaje y la literatura), pero que no pudieron ser potenciados por sus “mentores” (adapte aquí las ideas de Vigotsky sobre el andamiaje social en el desarrollo lingüístico). Por fortuna en otros lados (Xalapa, Puebla, DF, y algunas entidades más) se ha puesto atención a esto y se han creado centros profesionales para el entrenamiento en el análisis del discurso, la narratología y la semiótica. Allá falta que quienes se han entrenado en dichas materias funden o se inmiscuyan más en los talleres literarios (en los que, para mi gusto, también debe estar presente por lo menos un escritor de peso completo), para cooperar con aquellos talleristas que a pesar de los talleres han aprendido a escribir escribiendo, y publican con cierta frecuencia. Aquí falta erradicar el cáncer del coordinador-tallerista improvisado, sin intenciones o capacidad para trascenderse en sus tallereados.
Por supuesto hay excepciones, gente que incluso sin un entrenamiento formal se ha formado de manera empírica, y su crítica es más o menos rescatable. Gente con talento y trabajadora que a base de leer, escribir y reescribir hasta el cansancio, ha identificado tips sobre cómo mejorar cualquier texto literario. A algunos de estos últimos les falta, sin embargo, humildad y humanidad al criticar. ¿Se trata de hundir lo más posible a quien empieza, o quiere empezar, su carrera literaria, o se trata de potenciarlo? El crítico coordinador de talleres debe preocuparse de su grupo como se preocupa un tutor por sus alumnos: recomendar lecturas y ejercicios; ser puntual y amable, simultáneamente, al señalar lados flacos; ser también capaz de señalar lo bueno y, además, saber por qué, estructuralmente, es bueno.
Finalmente, creo que si la literatura tiene su soporte en la lengua, el crítico y el tallerista deben tener por lo menos una mediana preparación en algunas ramas de la lingüística, pues como dice Barthes en Crítica y verdad: “el escritor y el crítico se reúnen en la misma difícil condición, frente al mismo objeto: el lenguaje”; y más adelante: “la lingüística no trabaja para reducir las ambigüedades del lenguaje, sino para comprenderlas”.
Es precisamente ahí donde encuentro el mayor problema de los talleristas actuales: algunos han publicado; han dado la campanada (o la dieron hace décadas) y/o empíricamente ya se saben el caminito para realizar producciones literarias regulares; pero son incapaces de trascenderse en sus alumnos, porque son incapaces de reflexionar y hablar sobre cuáles son con exactitud las herramientas que utilizan y que les han dado (buenos) resultados. Por lo mismo, son incapaces de decir si el texto ajeno es malo por lo que dice o por su estructura. Y ahí están engañando tontos, alabando a dos o tres personalidades estratégicas (que generalmente tienen un interés o conocimiento nulo del ámbito cultural y literario local) y mamando la enorme ubre del gobierno (a través de una de sus dependencias), preocupándose tan solo cada seis años, cuando el periodo de lactancia puede llegar a su fin, o cuando puede empezar a rociarlos con su dulce leche.
*** En el plano estrictamente personal puedo decir que los talleres me han servido para una sola cosa: dejar de escribir. Ha sido la crítica seria, honesta, profesional y humana de cuatro amigos, la que verdaderamente me ha ayudado a salir de mi obstinado mutismo y a rescatar mis débiles, iniciáticos, textos literarios. A Aldo García, Jorge Terrones, y sobretodo a José Ricardo Pérez y Paloma Mora (excelentes lectores, profundos, y que más allá de la amistad basan su crítica y sus consejos en los textos, cada quien desde su particular estilo), expreso aquí mi más sincero agradecimiento.
adan | Señales de humo | 23 Diciembre, 2:45am
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Paloma, <> / 24 Diciembre, 5:25pm
Querido Adán, agradezco mucho tus juicios sobre mis lecturas y comentarios de tus textos; creo sinceramente en tu trabajo por lo que es importante para mí subrayar tus logros y tus fallas. Acerca de los talleres, creo que cumplen una función muy especial y noble. Nosotros dos tuvimos la suerte de forjarnos en una academia, la cual marca ciertas pautas del análisis y la crítica literaria; pero poco hay sobre la escritura creativa o personal. Los profesores nos quedamos en los argumentos, el aparato crítico y la escritura coherente. Pero hay otras personas que no están en la academia, porque no pueden o porque no les interesa; y acuden a esos talleres para acercarse a la literatura. Te soy sincera, yo no tendría la paciencia para trabajar como lo hacen los coordinadores de taller, su trabajo es casi monacal. Pero sí he acudido a talleres, la parte sensibilizada de mi formación nace en esos grupos, en los que compartí con amigos de la universidad y de fuera textos que jamás habría leído en clases. Lo malo es que en algunos casos ocurre que los coordinadores se convierten en callos y molestan; seleccionan sus pop stars como si fuera una "Academia" literaria, elevan el ego de algunos talleristas y denigran el de otros. Muchos son los vicios de los talleres, pero no es por el ámbito, si no por la naturaleza humana. Es triste saber que para ti la experiencia no fue agradable, y tienes todo el derecho de denunciar. Al final está tu necesidad de seguir escribiendo y siempre habrá un grupo de amigos que deseen criticarte. Un abrazo
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antiacademica, <> / 25 Diciembre, 9:44pm
"La diferencia entre el productor de no ficción o de tratados académicos y el ensayista es radical; es una diferencia estética, ética y si se quiere hasta vital. Los primeros viven en una perpetua renuncia de sí mismos, volviéndose vehículos de la información, rindiendo siempre cuentas a los demás (al editor, al sistema de investigadores) o repitiendo santamente las ideas de otros (ese arte de la ventriloquía que anima el aparato textual de la academia y que a menudo sólo exhibe la falta de destreza de la voz propia); el segundo, en cambio, cree en la posibilidad, practicada por Montaigne, de convertirse finalmente en sí mismo. Unos se denigran en cuanto dejan de pensar y vivir de manera libre; el otro se engrandece por el simple hecho de asumir el riesgo de su formación interior. Ambición socrática del ensayo (tantas veces olvidada): conocerse a sí mismo. No se trata de una magnificación del yo neurótico, sino de un paseo por los laberintos de la propia naturaleza, una forma soberana de conocimiento, un viaje que no exluye la posibilidad de una transformación. ¡Qué peligro un hombre nuevo!" Vivian Abenshushan
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