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Uno de los aspectos más criticados de la novela María, de Jorge Isaacs, radica en lo lagrimoso de sus páginas; sin embargo, ello no ha impedido, a pesar de que la actual literatura niega muchos de los preceptos románticos, que se encuentre en una de las novelas más populares dentro del gusto de los lectores no sólo hispanoamericanos, sino del mundo entero. Muy probablemente el caso de Isaacs se vincule con el fenómeno del “Nocturno”, de Acuña, con la diferencia de que la crítica textual ha sido más dura con este último que con el colombiano, pero ello no niega que el “Nocturno” haya sido el poema más recitado del siglo pasado. Sin lugar a dudas, el amor desempeña un papel importantísimo en la vida de los seres humanos y, por ello, mucho de la literatura y, por extensión, del arte gira en torno a este fenómeno amoroso. Jorge Isaacs conocía este hecho y supo aprovecharlo, puesto que su María tiene, en palabras de Donald McGrady, un valor ambivalente: las reminiscencias literarias y su propia biografía, de tal manera que esta novela se ha llegado a considerar autobiográfica, en el sentido en que mucho de lo que es Efraín, lo fue, en un tiempo, Jorge Isaacs. Al igual que el progenitor de Isaacs, el de Efraín es dueño de una hacienda en la sierra cerca de Cali y de dos haciendas azucareras en el valle. Cuando el padre de Efraín pierde una suma considerable por el defraude de un socio, Isaacs alude a una serie de pérdidas económicas sufridas por su propio padre durante muchos años, debido ante todo a su afición al juego [...] Efraín cuenta que estudió en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras en Bogotá; lo mismo hizo Isaacs, pero sin llegar a graduarse. El deseo del padre de Efraín de que éste emprenda estudios de medicina parece reflejar idéntico anhelo por parte de la familia del novelista. La muerte de un hermano mayor hace que recaigan grandes responsabilidades sobre Efraín; lo mismo le sucedió a Isaacs. Igual que su creador, Efraín es poeta y ayuda a su padre en la administración de sus fincas.[1] Lo anterior sólo por mencionar algunas coincidencias. De igual forma, las concordancias e influencias literarias que son análogas van desde Pablo y Virginia, de Saint Pierre, hasta Atala, de Chateubriand, pero más importante que todo esto es el valor que tiene el hondo sentido lacrimógeno de la obra, ya que a través de éste se expresan la sensualidad inherente de la novela, así como el dolor de Efraín por la pérdida de María.
Aunque el aspecto que me interesa de María tiene que ver con el diálogo, como dije más arriba, que puede establecer con el “Nocturno”, de Manuel Acuña, partiendo de las aportaciones que hace Margo Glantz en el prólogo a la novela, así como de los argumentos de Marco Antonio Campos vertidos en su “Manuel Acuña en ciudad de México”, encontrado en Las ciudades de los desdichados. Si bien ambos textos obedecen a órdenes y necesidades literarias diferentes a partir del hecho de la distancia temporal que guardan uno con respecto del otro, pues María apareció en 1867 y el “Nocturno” lo hizo seis años después, en 1873, ambas obras se identifican por su expresión lacrimógena; sin embargo, ello no va en detrimento de la calidad literaria, ya que sin la fuerza expresiva y simbólica que evoca la constante presencia de las lágrimas no hubiese sido posible que ambos textos alcanzaran el lugar que hoy tienen en la literatura hispanoamericana: “El siglo xix llora al trazar su identidad y el siglo xx se lo reprocha. Lo que es virtud se vuelve defecto, es más: se vuelve regla.”[2] Por otro lado, creo que en la comparación propuesta la calidad literaria de María, al menos ante la crítica, es evidentemente más favorecedora en contraste con el “Nocturno”; no obstante, Marcelino Menéndez Pelayo ha hecho elogios que restituyen el sentido primigenio bajo el cual se escribieron los versos de dicho poema: “aunque muy incorrectos, tienen toda la vehemencia y toda la angustia del momento supremo: es poesía que no puede leerse sin cierto terror y tras de la cual se adivina el próximo naufragio de la conciencia moral del poeta.”[3] De igual forma, ambas manifestaciones literarias, dentro de su trama, refieren una historia de amor que se ve truncada por la muerte, con la diferencia de que Manuel Acuña, yendo más allá de la ficción, sí decidió quitarse la vida; en este mismo sentido, ambos textos constituirán o tendrán indicios de despedida. Así, escribe Isaacs al inicio de la novela: Entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas [...] Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia [...] A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor.[4] Y seis años más tarde, nos dirá Acuña: ¡Pues bien! yo necesitodecirte que te adorodecirte que te quierocon todo el corazón;que es mucho lo que sufro,que es mucho lo que lloro,que ya no puedo tanto al grito que te imploro,te imploro y te hablo en nombrede mi última ilusión.[5] Lo anterior revela que ambos textos inician con una proclamación lagrimosa, en la cual Isaacs plantea el dolor de la despedida: María lo expresa desde las lágrimas e incluso el padre de Efraín resiente ese dolor, aunque lo oculte a las miradas del hijo. Más todavía, en María este lenguaje fundamental se ve desplazado por el simbolismo que adquieren las lágrimas. Por otro lado, Acuña evoca el mismo recurso que Isaacs, es decir, recurre a la fuerza simbólica de las lágrimas para añadir fuerza expresiva a sus palabras de despedida.[6] De igual forma, ambos personajes, tanto Efraín como el yo lírico del “Nocturno”, aspiran a un matrimonio y una vida armoniosa en pareja, pero ello no se concreta, precisamente por el rasgo fatídico de la muerte, a la cual se le han de dedicar muchas lágrimas. En este punto quizá la crítica del siglo xx es donde ha sido más dura con el poeta saltillense, pues él escribe: ¡Qué hermoso hubiera sidovivir bajo aquel techo,los dos unidos siemprey amándonos los dos;tú siempre enamorada,yo siempre satisfecho,los dos una sola alma,los dos un solo pecho,y en medio de nosotros mi madre como un Dios![7] La estrofa anterior tiene dos posibles lecturas: una, meramente textual, en la cual se ven las intenciones del poeta de anhelar a una vida provinciana mediocremente doméstica, que no podía ser el ideal de Rosario de la Peña, muchacha citadina y de familia onerosa; sin embargo, vale la pena revisar que, hacia estas fechas, Manuel Acuña no había regresado a su hogar, de ahí que este poema sea el poema del regreso, de la evocación del viejo terruño, aunque a él no haya vuelto en vida. Por otro lado, Isaacs no sitúa, como en el caso del mexicano, a la madre de Efraín entre éste y la amada, pero refiere a una fuerza muy superior, que es la muerte: María amenazada de muerte; prometida así por recompensa a mi amor, mediante una ausencia terrible; prometida con la condición de amarla menos; yo obligado a moderar tan poderoso amor, amor adueñado para siempre de todo mi ser, so pena de verla desaparecer de la tierra como una de las beldades fugitivas de mis ensueños, y teniendo que aparecer en adelante ingrato e insensible tal vez a sus ojos, sólo por una conducta que la necesidad y la razón me obligaban a adoptar! Ya no podría yo volver a oírle aquellas confidencias hechas con voz conmovida; mis labios no podrían tocar ni siquiera el extremo de una de sus trenzas. Mía o de la muerte, entre la muerte y yo, un paso más para acercarme a ella, sería perderla; y dejarla llorar en abandono, era un suplicio superior a mis fuerzas.[8] A ambos personajes las circunstancias les obligaban a amar menos, de ahí que las lágrimas sean la evocación para amainar ese destino cruento que le espera, además de que el contexto literario bajo el cual crecieron permitía e incluso loaba este tipo de recursos que, no obstante, ya habían sido utilizados magistralmente por Bécquer o Rosalía de Castro, en España. Si bien el actual gusto literario, repito, niega estas formas, manifestaciones y expresiones románticas, también es cierto que, en mayor o en menor medida, la literatura contemporánea está inmersa en lo romántico, ya que para los artistas de esta corriente fue determinante el papel que desempeñó el amor, mismo que permitía llevar a las obras a un nivel expresivo que iba más allá de la forma. La humedad que enturbia la mirada se rescata sin embargo en la bruma espesa con que la naturaleza “lujuriosa” duplica su percepción, y, sobre todo, en la nostalgia edulcorada con que los decimonónicos contemplan el delicioso tiempo pasado en que los ojos podían llorar y hablar al unísono, deletreando los signos del amor ideal, amor no sólo posible en un ambiente pastoril. Las lágrimas son al amor lo que la lluvia es a la tierra: su fertilizante más perfecto.[9] Finalmente, el análisis y el diálogo quedan abiertos; creo que ambos textos ofrecen mucho por trabajar; sin embargo, la pujanza que ejerce la literatura contemporánea en lo referente a cánones y formas expresivas impide que la crítica vuelva los ojos hacia las obras del siglo xix, sobretodo con una mirada más apropiada y objetiva a ese periodo histórico. Aún hay mucho por hacer, pero en este caso me interesó vincular el texto de Isaacs con el de Acuña precisamente por devolver la calidad literaria a ambos, en particular al segundo, ya que se le ha acuñado (irónicamente) el adjetivo de “cursi” y “mal poeta”, cuando su dominio del ritmo era notable, aun en estrofas heptasílabas, que no son tan comunes o tan naturales en lengua española, como lo podría ser el endecasílabo o el octosílabo. Mientras que a Isaacs se le ha criticado lo llorón de sus páginas, desmeritando la fuerza expresiva que guardan las propias lágrimas. Dentro de los sistemas literarios, casi todo tiene su justificación, dentro de los términos que la época y el contexto marcan y, partiendo de este hecho, es posible llevar las discusiones a terrenos de lo contemporáneo, es decir, aplicando las teorías y métodos más recientes. De igual manera, el romanticismo constituye, para muchos, el movimiento literario de identificación y la expresividad de éste lo hace tan popular en el gusto, ya lo dice la crítica textual de María, de los adolescentes. BIBLIOGRAFÍA ACUÑA, Manuel, “Nocturno”, en Homero DE PORTUGAL, El declamador sin maestro. 23ª ed. Editora y distribuidora mexicana. México. 1975. CAMPOS, Marco Antonio, Las ciudades de los desdichados. Fondo de Cultura Económica. México. 2002. (Lecturas mexicanas). GLANTZ, Margo Glantz, “Prólogo” en Jorge Isaacs, María. sep/ unam. México. 1982. (Clásicos americanos). ISAACS, Jorge, María. 8ª ed. Porrúa. México. 1978. (Sepan cuántos..., #46) MCGRADY, Donald, “Jorge Isaacs”, en Luis Iñigo Madrigal (coord), Historia de la literatura hispanoamericana. Tomo II: Del neoclasicismo al modernismo. Editorial Cátedra. Madrid. España 1999. (Crítica y estudios literarios).
[1] Donald McGrady, “Jorge Isaacs”, en Luis Iñigo Madrigal (coord), Historia de la literatura hispanoamericana. Tomo II: Del neoclasicismo al modernismo. p. 203.
[2] Margo Glantz, “Prólogo” en Jorge Isaacs, María. sep/ unam. p. 5.
[3] Cita de Marcelino Menéndez Pelayo en Marco Antonio Campos, Las ciudades de los desdichados. p. 86.
[4] Jorge Isaacs, María. Porrúa. p. 5.
[5] Manuel Acuña, “Nocturno”, en Homero de Portugal, El declamador sin maestro. p 82.
[6] Aunque se ha dicho que Manuel Acuña luego de escribir el “Nocturno” se suicidó, esto no son más que rumores mal fundamentados, ya que Juan de Dios Peza refiere que el último poema que Acuña escribió fue el soneto titulado “A un arroyo”, precisamente un día antes de suicidares, es decir, el 5 de diciembre de 1873. Vale decir que el nocturno está fechado hacia septiembre de ese mismo año, incluso el propio Peza menciona que mucho antes de que Acuña se quitara la vida, muchos de sus amigos ya sabían de memoria el “Nocturno” y se dice que éste ya había llegado a manos de Rosario de la Peña y Llerena.
[8] Jorge Isaacs, María. Porrúa. p. 25.
[9] Margo Glantz, “Prólogo” en Jorge Isaacs, María. sep/ unam. p. 9.
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